Orar para ser feliz y católico comprometido
(Lc 9, 18-22)

Monseñor Pedro Agustín Rivera Díaz

VER

A pesar de tanta información y quizá debido a ello, vemos un proceso despersonalizante donde la gente no sabe quién es, ni para qué está en esta vida. Muchas personas no se hacen preguntas fundamentales, saben responder sobre el Ipad y el Ipod del momento, el chisme del artista, los asesinatos de hoy o el puntero del futbol, pero son incapaces de responder sobre quien son, para que están en este mundo o Quién es Dios.

JUZGAR

Jesús hace oración, reflexiona, medita, contempla el plan de Dios para Sí mismo y la humanidad. Asume este plan y lo comparte. Dialoga con sus amigos, les invita a reflexionar, a que ellos también experimenten el amor de Dios, sobre la fortalece que procede de Él y a que en su nombre actúen para ser felices y hacer este mundo mejor.

ACTUAR

Jesús enseña a orar. El fruto de la oración es el encuentro con Dios, conmigo mismo y con los demás. Para ser feliz y hacer el mayor bien posible es importante tener ideas claras y experiencias fuertes de Quién es Dios, quién soy yo y para que estoy aquí en este mundo.

Evangelio: Lucas 9, 18-22. Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos contestaron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. El les preguntó: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios. El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.

LEER: San Lucas nos presenta a Jesús en oración y Él, como a manera de prolongarla e introducir en ella a sus discípulos les hace dos preguntas y una revelación: ¿Quién dice la gente…? ¿Para ustedes…? “El Hijo del Hombre tiene que padecer…

MEDITAR: El texto paralelo al que hoy meditamos y que aparece en Mateo 16, 13-23, ya lo comentamos el 4 de agosto, sin embargo, hoy haremos nuestra reflexión sobre la versión lucana, desde la perspectiva de la oración y lo que juntos hemos estado compartiendo desde el 1 de agosto: ORAR.

El método de estudio bíblico que seguimos: la Lectio Divina, es sobre todo un método de oración que pretende llevarnos a la contemplación del Misterio del amor de Dios para seguirlo, imitar a Jesús, ser feliz, hacer este mundo y alcanzar la santidad.

Orar, en la vivencia de santa Teresa de Ávila, es estar en presencia de Dios que sabemos que nos ama. La oración es iniciativa de Dios, pero requiere de la respuesta humana. Orar es mucho más que meditar, porque más allá de la reflexión e introyección personal, que se requiere, es el intento de entrar en diálogo con Dios. Así a la Iglesia, a través del testimonio de los grandes orantes, de los sacramentos y de la Sagrada Escritura nos proporciona elementos para enseñarnos e introducirnos en la oración.

La oración no sólo ha de ayudarme a tener paz, a reflexionar y a tomar las riendas de mi vida para ser mejor persona y ser feliz, sino que es un medio necesario para alcanzar la santidad. No hay santo que no haya sido feliz y no hay santidad sin oración, por lo mismo, la oración es indispensable para la persona que desea desarrollarse plenamente en este vida, ser feliz haciendo la voluntad de Dios y alcanzar la Vida Eterna.

Dado que la oración es un diálogo entre Dios y el hombre, es importante tener idea clara de Quién es Dios. Y esa es la pregunta que Jesús hace a sus discípulos. Jesús es más que un líder social o una buena persona. Él no quiere que sus discípulos tengan ideas equivocadas de Él, por eso para ayudarles a asentar sus pensamientos y purificar sus ideas primero les pregunta qué dice la gente de Él.

Orar nos lleva a entrar en oración para encontrar y hacer florecer y fructificar lo mejor de nosotros mismos. Orar nos lleva a escudriñar nuestro interior y a reconocer y remover “el mugrero” de ideas falsas, experiencias negativas e ideas equivocadas que nos impiden ser felices. El primer paso para la limpieza es identificar “el mugrero”, el segundo es ponerlo bajo la mirada misericordiosa de Dios para que Él nos purifique y nos deje libres de ese lastre.

ORAR: Con humildad Señor quiero decirte que quiero conocerte, y reconozco que hay pensamientos, sentimientos y experiencias negativas que me impiden experimentar tu amor, algunas proceden de lo que me han dicho sobre Ti, sobre la Iglesia, sobre los sacerdotes, sobre…, otras de lo que yo he visto o experimentado y otras más de lo que yo he hecho en contra de Ti o de ellos. Perdóname Señor por mis errores y pecados y ayúdame a perdonar a los que yerran, concédeme participar con mis hermanos en la acción evangelizadora de la Iglesia.

Ayúdame Señor a distinguir sobre lo “acontecido o supuesto”, para quedarme con la realidad de tu amor. Quiero entrar en relación Contigo y no quedarme con mis “ideas preconcebidas”. Purifícame, sana mi corazón y ayúdame a introducirme en el Misterio de tu Amor que me renueva, sana y santifica.

CONTEMPLAR: Al hablar de la oración, en otros días hemos reflexionado sobre la importancia de entrar en nosotros mismos para dejar que el Señor nos sane de nuestros pecados (11-08-11. Perdonando en el nombre de Jesús, 11-08-11. Perdonando en el nombre de Jesús, 11-09-09. Para quitar la viga de nuestros ojos). Ahora invitaremos a Jesús para que sane las ideas equivocadas que pudiéramos tener sobre Dios, sobre la Iglesia, la Virgen, los santos, el Papa, los padres, sobre los católicos, sobre nosotros como creyentes y todo lo relacionado con Él.

Hagámonos las dos preguntas de Jesús. ¿Quién dice la gente que es Él? Esto es importante que analicemos y hagamos aflorar los sentimientos positivos y negativos que pudiéramos estar guardando en nuestro interior. Si alguien piensa que sabe, aunque no le conste, algún “supuesto secreto” de la persona que ama, la querrá pero no lo hará totalmente ni será feliz, pues siempre tendrá como lastre “la supuesta verdad”. Lo mismo nos ocurre en relación con dios y con la Iglesia, más allá de nuestros sentimientos o ideas preconcebidas existe la Verdad plena y auténtica. Dios nos ama y perdona y cada día nos hace “nuevos”. Si “el secreto” es cierto o falso, debemos ponerlo en manos de Dios y que el juzgue, lo nuestro no es condenar sino perdonar, amar y servir, para ser felices.

Reflexiona, sobre lo que dicen de Jesús, de la Iglesia, de la Virgen María, de los sacerdotes, de los católicos, de ti… ¿Qué ideas o sentimientos, genera en tu interior lo que te dicen o piensas de Jesús y quienes se relacionan con Él? ¿Ellos te confunden, te molestan, te avergüenzan, te acobardan, te alejan? Si entras en tu interior y eres honesto contigo mismo, podrás ver que los pensamientos o ideas negativas que tengas enterradas en tu interior, influyen en tu forma de ser católico. Abre tu corazón, saca todo aquello que te confunde, duele o daña. Por el bautismo, estás injertado en Jesús y en la Iglesia, no puedes dejar que las espinas, dardos o dagas que se hayan introducido en tu corazón, ahí se queden como ponzoña que te hace daño y que con el tiempo se transformen en crítica o desaliento, no sólo sobre la fe, sobre Cristo o la Iglesia, sino también hacia tu propia persona y tu forma de ser católico, de tal manera que vivas diciendo que tienes esperanza, sin tenerla, que digas que tienes amor, sin amar realmente, que digas que crees, sin creer. El mundo necesita testigos fuertes y alegres en su fe, para conocer a Jesucristo y su salvación. Poco favor nos hacemos y le hacemos a los demás, si somos católicos avergonzados, de lo mejor que tenemos y que es Dios, que es nuestra fe, que es la Iglesia, que es nuestro deseo de ser valientes y decididos para logar que este mundo sea mejor.

Una vez que hubieras reconocidos ideas falsas o ciertas, que te afectan en tu relación con Dios y con la Iglesia, ponlas bajo la mirada misericordiosa de Jesús, Él se hizo hombre para perdonar nuestros pecados. A ti no te toca juzgar, perdona en el nombre de Jesús y pídele perdón por el tiempo perdido a no relacionarte con Él, poniendo como pretexto o causa, esas ideas o sentimientos negativos. Tu diálogo de amor es con Él, no con tus ideas o sentimientos. Deja que Jesús sane tu corazón y limpie tus ojos, para que lo puedas contemplar a Él.

Ahora, viene la siguiente pregunta, una vez que haz purificado tu corazón. ¿Quién dices que es Jesús para ti? Respóndete con sinceridad y respóndele a Jesús. Él te ama, confía en ti y te invita a seguirlo. El te invita a que seas testigo de su amor, como miembro de la Iglesia y del grupo de los llamados a la felicidad y a la santidad.

ACTUAR: Si es posible, escribe tu reflexión, pídele a Jesús que purifique tu mente y tu corazón de ideas o sentimientos negativos, deja que su amor inunde todo tu ser y pídele la gracia de ser un católico comprometido en la extensión de su Reino de Amor, como cristiano y miembro de la Iglesia.

Que todos te conozcan y te amen es la única recompensa que quiero
. Madre María Inés Teresa Arias.

Si deseas hacerme llegar algún comentario sobre este artículo, puedes escribirme a evangelizarorando@yahoo.com.mx

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