El es nuestra paz

Hermanas Religiosas de la Cruz

A pesar de los matices variados que encierra el significado del vocablo “paz”, en la base de la palabra hebrea shalom, en el Antiguo Testamento, está siempre el concepto de benevolencia, de bienestar, de prosperidad y fortuna. Esta paz es un bien religioso, un estado bueno, querido por Dios; en concreto, se trata de la vida. A lo largo de su historia, Israel fue aprendiendo cada vez mejor que la paz sólo viene de Dios. Es Él quien la crea (Is. 45.7) y se la ofrece a quienes le sirven (Sal 4, 9; 35, 27). El hombre pierde la paz por culpa de su pecado y Dios pide su colaboración para restablecerla. Isaías sueña con el “Príncipe de la Paz” (Is. 9.5) que concederá una paz sin fin. En el Nuevo Testamento llega finalmente a su cumplimiento esta espera. Lucas traza el retrato del rey de la paz : “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace” (Lc. 2, 14). Siendo “nuestra paz”, Jesús crea la paz, reconcilia a los dos pueblos unificándolos en un solo cuerpo: “Él es nuestra Paz, el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad” (Ef. 2, 14-22). Pero, ¿no es una utopía pensar en la paz en un mundo tan lleno de violencia como el que vivimos”. ¿Es posible la paz cuando el hombre de hoy vive cada vez más fuera de sí mismo pensando más en el tener que en el hacer? Según nuestro mundo, vales por lo que tienes, no por lo que eres. En esta situación ¿es posible hablar de paz entre los hombres?

Ya decía San Agustín que la paz es la tranquilidad en el orden. El hombre que quiere encontrar la paz, ha de luchar por vivir en paz consigo mismo, en paz con su prójimo y en paz con su Dios. Así, asignar un cometido al ser humano es lo más adecuado que puede hacerse para que el hombre o la mujer venzan toda dificultad interior y toda angustia como nos lo recuerda, a través de su propia experiencia, el conocido autor de la logoterapia, Victor Frank . Por otra parte, el Papa Juan Pablo II habla del remedio a la depresión, tan común en nuestra época: “Existe un antídoto contra la depresión, ¿cuál? El tener en el corazón un gran ideal, valores auténticos que permitan dar un sentido a la propia vida. Ésta es la condición del verdadero cristiano. Puede cultivar un optimismo confiado, porque tiene la certeza de no caminar solo. Al enviarnos a Jesús, el Hijo eterno hecho hombre, Dios se ha acercado a cada uno de nosotros. En Cristo Dios se ha convertido en nuestro compañero de viaje. Aunque el tiempo avance inexorablemente, quebrantando a menudo también nuestros sueño, Cristo, Señor del tiempo, nos da la posibilidad de una vida siempre nueva”

De aquí que, al inicio del año civil, en la festividad de María Madre de Dios, la Iglesia hace suya la bendición que los sacerdotes de Israel pronunciaban sobre el pueblo al concluir las ceremonias litúrgicas : “”Que Jahvé te bendiga y te guarde; que ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; que te muestre su rostro y te conceda la paz” (Nm. 6, 24) Teniendo al Dios de la Paz en nuestro corazón, podremos exclamar con San Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿ La tribulación? , ¿la angustia? ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?” (Rm. 8.35-36). o decir con Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta” (Poesía # 30).

Dios realiza en nosotros lo que nos promete: El día de la resurrección, al aparecerse a los discípulos, el Señor les saludó con estas palabras: «La paz esté con vosotros», y les mostró las manos y el costado con los signos de la pasión. Ocho días después, como leemos en la página del Evangelio de San Juan, regresó para encontrarse con ellos en el Cenáculo y les dijo de nuevo: « ¡La paz esté con vosotros!» (Jn. 20. 19-26). La Palabra de Dios es una Palabra eficaz, Él realiza lo que n os promete (cf. (Ez. 37, 14). Él nos ha hecho para la felicidad y Él quiere por tanto, que vivamos en armonía con Dios, con nuestros hermanos y con nosotros mismos para tener la paz.

 

Concepción Cabrera de Armida es una mistagoga que nos acompaña por los caminos de la vida de relación con Dios ya transitados por ella, y que llevan a la unión con Dios. Lo que presenta en estas páginas es su propia experiencia y el itinerario que ha recorrido para llegar a vivir en la paz la unión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.

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