Si me aman, permanecerán en mi Amor (Jn.15, 10)

Hermanas Religiosas de la Cruz

 

La Venerable Concepción Cabrera de Armida es una mistagoga que acompaña por los caminos de la oración, ya transitados por ella en su unión con Dios Trinidad.

Lo que presenta en estas páginas es su propia experiencia en la vida de oración y el itinerario que ha recorrido para llegar a la unión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.

“La meditación conduce a la oración, la cual es una escala que llega al cielo, llevando al alma hasta los secretos eternos de la Divinidad.

Es la oración una comunicación directa de Dios con la creatura y de la creatura con Dios, es la llave con que se abren los tesoros del cielo.

La oración es el silencio profundo del alma enamorada y que encierra las confidencias purísimas de los divinos amores.

La oración es el sol que calienta y que a la vez ilumina a las almas puras o purificadas.

La oración es el centro, el sitio, la escala indispensable por donde Dios baja y se une con las almas puras.

La oración de unidad es simplísima, acerca como ninguna a Dios. Es una reunión de los sentidos, potencias, de todas las facultades del espíritu en un solo punto: en Dios; pero no un Dios en abstracto, diré, no un Dios en concreto, ¡oh no!, sino un Dios múltiple en perfecciones y primores.

Sin embargo, el alma no puede fijarse entonces en esa multitud de encantos, sino en un conjunto o unidad de encantos. No puede concretarse a pensar en una sola perfección o atributo aunque infinito, sino en el todo de esos atributos y perfecciones, formando una sola unidad que ahí sola converge todo.

Se endiosa el alma pensando sin pensar, absorbida, extasiada, fuera de aquella infinita y divina presencia que todo lo encierra.

En un abrir y cerrar de ojos, se siente el alma poseída y a la vez en posesión de aquel Todo que la embelesa, que la subyuga, que la envuelve encantándola, abstrayéndola en un instante de todo lo que no es El.

Esto, más que oración es una muda contemplación unitiva con tal fuerza de luz que ve el alma en un instante todas las faltas de su vida y la inmensa o infinita bondad de Dios.

Sin hablar ni pensar se anonada, se arrepiente, confía, y ama. Todo lo cuenta, lo comunica al Amado con ese lenguaje mudo del divino amor que sólo el amor comprende.

Es tan intenso este paso de oración que el alma no tan sólo recibe riego, calor, luz, sino que de repente se ve sumergida entre un mar, dentro de un horno, entre miles y millones de resplandores. No son entonces dos flamas que tienden a buscarse: es un volcán el que absorbe aquella flama y la hace perderse dentro de él, y no forzándole, sino haciéndole como tender suavemente a su centro y confundirse en la misma substancia divina de que está formada.

¡Oh qué hermosa oración que limpia y purifica, lava, bruñe, transparen¬ta y une!

Los efectos que deja en el alma son de pureza, de blancura, de luz, de cristalización, por el roce que tuvo con la Divinidad.

La vida es conocerte, quien te conoce no puede menos que enamorarse de Ti.”

Venerable Concepción Cabrera de Armida. (1)

«La oración es la ciencia del amor»

El Siervo de Dios Monseñor Luis María Martínez es un maestro de los caminos del Espíritu.

Transcribimos sus enseñanzas a las hermanas de la Cruz.

¿De qué depende, que nosotros pensemos muchas veces que no podemos hacer oración? De que creemos que para hacerla se necesita una preparación difícil, o de que queremos que resulte a nuestro gusto.

Muchas veces pensamos que para orar se precisa un mecanismo muy complicado y ¡no! Su técnica es la misma del amor: no existe una técnica para enseñar a amar y la oración es la ciencia del amor. Para estar con una persona amada no necesitamos estudiar lo que le vamos a decir. A una esposa amante que platica con su esposo, ¡no le hacen falta ni estudios ni técnicas!

Cuando nos acercamos a una persona querida no pensamos: «Vamos a tratar este tema, que debe ir precedido de un exordio y, luego, hemos de desarrollar tales puntos». ¡No! Sencillamente la vamos a ver y le decimos lo que el amor nos dicte. El amor es la cosa más sencilla, más espontánea, y así es la oración.

Pero si no amamos a Jesús, todo lo demás resultará almidonado y muy ficticio. Si nada más vamos a pedirle una gracia que necesitamos, entonces sí, tendremos que valernos de muchas reglas.Pero si lo amamos de verdad, bastará que le demos libre curso a nuestro corazón, porque para orar sólo se necesita una cosa: tener corazón, aunque sea un corazón chiquito.

Por consiguiente: siempre es posible hacer oración y aprovechar esos instantes de cielo; para ello es preciso no confundir tal o cual método de oración con la oración misma. Como tal o cual forma de vestir no es el vestido. Esto sería tan tonto como si una persona pensara que si no viste frac, no está vestida; es preciso no confundir la forma de vestir con el mismo vestido.

Hay que evitar pensar que porque no nos gusta tal manera de estar con Jesús no estamos con El. Cuando dos personas están juntas, la de mayor respeto será la que dirija la conversación, será la que indique lo que hemos de decir. Tratándose de Nuestro Señor, a El le toca dirigir la conversación. Posiblemente habrá veces en que nos deje en libertad para escoger; entonces aprovecharemos para estar ahí como a nosotros nos gusta. Pero si El nos indica cómo hemos de orar ¡perfectamente! estamos con El y ¡basta! Por eso yo afirmo que siempre, siempre, siempre, se puede hacer oración.

Siervo de Dios Luis Maria Martínez, Arzobispo de México. (2)



Para Orar

Toma conciencia en tu vida que amar a los hermanos acrecienta el amor a Jesús y la necesidad de oración.

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